En las afuera de la ciudad vivía Juan, un hombre adinerado, tenía una casa muy grande, grandes jardines, piscina y muchos sirvientes. Pero por lo mismo la acechaban los ladrones y en numerosas ocasiones le habían entrado a robar, por lo que se le ocurrió la brillante idea de comprar dos perros de raza ovejero alemán para que lo protegieran a él y a su propiedad.
Se dirigió a una tienda de animales y los eligió cuidadosamente, eran muy bellos los dos, eran negros con manchas café, les llamó Bob y Dogo. El primer mes pasó feliz con sus dos cachorros, los cuidaba, alimentaba y jugaba con ellos, pero a medida que fueron creciendo se dio cuenta que Bob no era de raza si no un quiltro y Dogo si era un ovejero alemán, se indignó mucho, reclamándole al dueño de la tienda sin lograr nada, por lo que se desquitó con el animal. Ya no trataba a los dos por igual, a Bob lo dejó en el patio de atrás de la casa, mientras Dogo gozaba de privilegios, todos los que los visitaban lo admiraban y lo elogiaban porque era un gran perro, inteligente y precioso, por lo que Juan se alegraba y se sentía orgulloso.
Un día Juan les dio permiso a sus empleados para que salieran y él se quedó en la casa, pero a las altas horas de la madrugada sintió ruidos en el ante jardín, se asomó y vió que entraban unos ladrones, cuando abrieron la puerta y entraron a la casa Dogo se abalanzó sobre los asaltantes pero uno de ellos les disparó dejándolo mal herido. Juan forcejeaba con los bandidos, uno de ellos le propinó una puñalada en el estómago, quedando inconsciente. Mientras tanto en el patio trasero se encontraba Bob, como pudo logró entrar a la casa abalanzándose sobre los ladrones, mordiendo a uno de ellos y al otro dejándolo acorralado con sus ladridos. A lo lejos venía uno de sus sirvientes que regresaba por causa de que había olvidado unos documentos, corrió ya que se percató de los ladridos de Bob, llamando a la policía. Esta los arrestó y cuando Juan despertó se encontraba con Bob que le lengüeteaba su cara y ladrando para que no se acercaran, mientras que Dogo era atendido.
Juan se sintió muy agradecido de Bob y sintió un gran cargo de conciencia por haber tratado mal a su perro ya que fue un clasista. Y finalmente aprendió de la enseñanza que Bob le dejó, que no tenía resentimientos, a pesar de que él lo había tratado muy mal.